Jaume Muxart, el pintor

noviembre 8, 2007

Sólo para algunos artistas la juventud de la pintura es algo que no se pierde, sino que se gana con el tiempo. En Jaume Muxart es la consecuencia de su temor a pararse, a dejarse subyugar por lo pasivo, que sería en él una especie de comodidad enervante.
Se diría que toda su carrera de pintor, desde que la inició en los años cincuenta, ha consistido en saber mantener sin decaimiento, como autolección diaria, unos lemas predilectos.

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Su negación a la monotonía le ha abierto de nuevo las puertas a lo semiautomático, al carácter azaroso de las formas, le devuelve a un principio vivo de surrealidad, como provocador de asombros en los que basar la fuerza plástica de la imagen. Quizás por ello en explicarse a sí mismo, Muxart siente la pintura más cerca de la música que de los trasfondos mitológicos a veces sugeridos.

Es una iconografía de la consciencia en estado de premaduración, es lo que se sueña de día. Ese “dejarte llevar” picassiano por los muchos lugares de la autonomía del cuadro, y encontrar ese algo que haga desvanecer la confusión.

Entre rápidos alveolados y fragmentarios magmas de color, sobre los que utiliza yeso y carbón correctores, Muxart improvisa imágenes que nos llegan por medio de una flotación bien sujeta. Entre ellas, el predominio del espacio interno como puente visual, como elemento distinto pero ineludiblemente conexo, nos habla acerca de ese condicionamiento mutuo, irreconocible con la experiencia real, que sufren “el lugar y estado” de la persona durante el sueño, en la reflexión de María Zambrano.

Muxart valora tanto los estados de emotividad y armonía como los de extorsión, porque en el fondo a través de lo inexplorado no rehuye la aspiración a lo bello. “Buscar el pintor que uno lleva dentro” y esperar los momentos en que uno está más fino, es lo que le hace pintar día a día, sabiendo, como decía Bacon, que «construir la imagen… es un completo accidente”, admitiendo el aspecto balbuceante, y cada vez desaprendido de no saber “cómo se hace la forma”.

Como un mapa humano y vegetal arrojado a la vida.

Opinión de M.T. Blanc

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