Joan Abelló, el pintor

marzo 5, 2008

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Quizás la palabra que define con más justicia la obra de Joan Abelló es la palabra honestidad. No como un concepto moral, sino como sustantivo artístico: la honestidad del artista que aprende el camino a la manera de los viejos artesanos (como su mismo padre que trabajaba el latón en Mollet del Valles): admirando de pequeño la enérgica pincelada de Joaquín Mir por las calles del pueblo, o haciendo de discípulo en los talleres de otros artistas, fundamentalmente hombres de oficio, Pruna y Pellicer, de los cuales busca no solamente aprender cómo miran hacia dentro, sino también la forma cómo observan el mundo exterior. La honestidad del discípulo que no es vampiro del maestro, sino acompañante, incluso un acompañante devoto. La honestidad del artista que avanza por el centro, campo a través, quizás porque es incapaz de traicionar o escoger uno de los dos caminos que el arte ofrecía a un joven que acababa de asomar la cabeza en el ambiente artístico de la Barcelona de la postguerra: el nuevo camino de los rupturistas radicales o suplantadores de Dios del grupo Dau al set (entre los cuales tenía y tiene amistades: Brossa, Tapies, Pons) y el viejo camino de la convención académica de la Escuela Baixas, del Círculo Artístico y de los maestros Pruna y Pellicer. Estimulado tanto por unos como por otros, Joan Abelló fue avanzando honestamente, equidistante, es decir: buscando una fórmula que hiciera compatible tanto el realismo como la ruptura.

Opinión de Antoni Puigverd, escritor, poeta y filólogo

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