En la obra de Morató Aragonés hubo siempre una preocupación que preponderaba sobre las demás circunstancias: la de dar unidad al cuadro. Esta característica aparece impresa, hoy, en cada obra de este pintor, de manera precisa y convincente. A ello llegó a través de un depurar las líneas básicas de la composición hasta saber quedarse con los elementos precisos, cabales, de cada tema; también, por medio de una unidad del color, que se recrea en los tonos apagados, en armonías de grises suaves, azules desvaídos, de sienas delicados, rosas y verdes apenas insinuados.

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Si en un primer momento pudiera parecer esta pintura, en cuanto al color, algo monótona por la utilización de gamas tibias, bastará estar atento unos momentos ante cualquiera de los cuadros de la actual exposición, para ver crecer la fuerza cromática de estas superficies, para observar cómo se unen u oponen unos a otros los colores, en una armonización, casi musical por las exigencias de los medios tonos y el ambicioso anhelo de perfección razonada.

Nos recuerda esta pintura, por su insistencia en colocar los objetos del tema sobre un solo plano, a lo sumo dos, sin interés por acentuar perspectivas, ya sean aéreas ya lineales, la calidad de cierta manera antigua de concebir el tapiz; pero aquí la presencia del pigmento y el gesto de la espátula son tan pictóricos que nos hacen olvidar enseguida aquél recuerdo.

Pintura que parece hecha sin esfuerzo, tal es la perfecta armonía de sus partes, no debe hacernos olvidar que yace bajo esta facilidad aparente, un esforzado estudio de la firmeza del dibujo, un conocimiento profundo de los grados del color y de sus efectos, de sus choques y sus comportamientos armónicos, y un cierto sentido, muy civilizado, de la vida.

Gamas exquisitas, atenuadas radiaciones atmosféricas, un realismo envuelto en poesías, que sitúa a mujeres y paisajes de hoy en el clima espiritual de un indefinido ayer, son, junto a la insistencia en presentar el tema en un sólo plano, las especiales condiciones de estos cuadros tranquilos, llenos de valores en composición, dibujo y color, que seducen enseguida al visitante.

Opinión F. González Cirer IX-1978

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Autor: Jose Luis Fuentetaja
Título: Estudio de espalda
Año: 1982

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Autor: Jose Luis Fuentetaja
Título: El encuentro
Año: 1983

Fuentetaja es el artista que oculta una verdad que sólo se revela a los privilegiados. Nos describe los cuerpos femeninos con una exquisitez y verismo rayanos en la perfección. Fuentetaja dibuja y pinta como quiere y las mujeres de sus obras viven, piensan y sienten como si palpitasen entre nosotros. A pesar de que no nos lleguen sus voces, el soplo de su aliento o el roce de sus cuerpos los percibimos con una sensación casi física. Son mujeres que rezuman una atracción inconogcible que las envuelve como un resplandor. Su belleza nos atrae irresistiblemente tan pronto las vemos. Pero a veces, en insólitas ocasiones, cuando menos lo esperamos surge el Fuentetaja interior, el reflexivo, y vemos asomar el sinuoso fluir del espíritu en el brillar de unos ojos, en el gesto casi imperceptible de un rostro o en el mohín de unos labios.

 

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Fuentetaja rinde un verdadero culto a la mujer. A la mujer en todos sus estados anímicos o temporales. Y las sorprende en su adolescencia, en su juventud, en la plenitud de su edad y belleza. Porque la mujer es un misterio perenne que Fuentetaja intenta desvelar poniendo en el empeño toda su voluntad y sabiduría. Y pinta a la muchacha en la flor de su existencia, y a la mujer rebosando todo el magnetismo de su feminidad.

El misterio, ese misterio que tanto le atormenta, está ahí, en esas obras pintadas con fervor y pasión magistrales. Un misterio que compone una serie de mitos que difícilmente podríamos desarraigar. Porque la mujer tiende hacia lo oscuro e indefinible cuanto más clara y razonable nos parece. Y es en esa trampa, en ese contrasentido donde no se deja engañar el talento del artista.

Fuentetaja, dejando para más adelante la pintura al óleo, hogaño se dedica a cultivar la técnica del pastel. Y he aquí, en estas series de figuras femeninas, el resultado de un año de labor fructífera en todos los sentidos. Porque, en esta especialidad que encumbró a Chardin, su arte alcanza las más sutiles vibraciones, las calidades más intensas y luminosas. Pasa, insensiblemente, de las gamas cálidas a una sinfonía de colores azules, grises, rosas, naranjas, blancos, violetados que nos sumerge en un verdadero éxtasis espiritual con el Mediterráneo al fondo.

Fuentetaja nos invita a la reflexión con el testimonio elocuente de su obra. Concluye mostrándonos el fin de todo simbolizado por esa Némesis alucinante cubierta con su capa de sombras. Una amenaza que parece haber arribado a esa desierta playa del Mediterráneo a bordo de la barquichuela destrozada por los tiempos y el oleaje y que presentimos ha surcado, desde remotas edades. La laguna Estigia con las almas de los muertos tripulada por el viejo Carente. La diosa de la venganza se yergue para anunciarnos la muerte de cuanto late en la tierra. Viene de las entrañas de la noche y con su rostro lívido y sus ojos desprendiendo negrura nos advierte que no tenemos salvación. Destruimos el paraíso, la virginidad de lo existente y debemos pagar nuestra culpa. Del cataclismo inminente sólo ha de quedar el Jesucristo y el niño de celuloide sin brazos abandonados en la barca. Símbolos de la divinidad que vino a salvarnos y convertirnos en estatuilla de yeso y el de la inocencia mutilada por los hombres.

He aquí, pues, el máximo testimonio de ese misterio llamado mujer. Fuentetaja nos lo ofrece con toda imparcialidad para que saquemos las conclusiones pertinentes.

Opinió de José Alcalá Vargas
CRITICO DE ARTE. MIEMBRO DE LA ASSOCIATION MONDIALE DE LA PRESSE PERIODIQUE

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Autor: Jaume Muxart
Título: Sol
Medidas: 128×150 cm
Año: 1959

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Autor: Jaume Muxart
Título: Fruits de mar
Medidas: 81×130 cm
Año: 1964

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Autor: Jaume Muxart
Título: Àrbre
Medidas: 162×130 cm
Año: 1980

Jaume Muxart, el pintor

noviembre 8, 2007

Sólo para algunos artistas la juventud de la pintura es algo que no se pierde, sino que se gana con el tiempo. En Jaume Muxart es la consecuencia de su temor a pararse, a dejarse subyugar por lo pasivo, que sería en él una especie de comodidad enervante.
Se diría que toda su carrera de pintor, desde que la inició en los años cincuenta, ha consistido en saber mantener sin decaimiento, como autolección diaria, unos lemas predilectos.

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Su negación a la monotonía le ha abierto de nuevo las puertas a lo semiautomático, al carácter azaroso de las formas, le devuelve a un principio vivo de surrealidad, como provocador de asombros en los que basar la fuerza plástica de la imagen. Quizás por ello en explicarse a sí mismo, Muxart siente la pintura más cerca de la música que de los trasfondos mitológicos a veces sugeridos.

Es una iconografía de la consciencia en estado de premaduración, es lo que se sueña de día. Ese “dejarte llevar” picassiano por los muchos lugares de la autonomía del cuadro, y encontrar ese algo que haga desvanecer la confusión.

Entre rápidos alveolados y fragmentarios magmas de color, sobre los que utiliza yeso y carbón correctores, Muxart improvisa imágenes que nos llegan por medio de una flotación bien sujeta. Entre ellas, el predominio del espacio interno como puente visual, como elemento distinto pero ineludiblemente conexo, nos habla acerca de ese condicionamiento mutuo, irreconocible con la experiencia real, que sufren “el lugar y estado” de la persona durante el sueño, en la reflexión de María Zambrano.

Muxart valora tanto los estados de emotividad y armonía como los de extorsión, porque en el fondo a través de lo inexplorado no rehuye la aspiración a lo bello. “Buscar el pintor que uno lleva dentro” y esperar los momentos en que uno está más fino, es lo que le hace pintar día a día, sabiendo, como decía Bacon, que «construir la imagen… es un completo accidente”, admitiendo el aspecto balbuceante, y cada vez desaprendido de no saber “cómo se hace la forma”.

Como un mapa humano y vegetal arrojado a la vida.

Opinión de M.T. Blanc